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Página 1 de 2 Ay, de cuanto conozco y reconozco entre todas las cosas es la madera mi mejor amiga. Yo llevo por el mundo en mi cuerpo, en mi ropa, aroma de aserradero, olor de tabla roja. Mi pecho, mis sentidos se impregnaron en mi infancia de árboles que caían de grandes bosques llenos de construcción futura. Yo escuché cuando azotan el gigantesco alerce, el laurel alto de cuarenta metros.
El hacha y la cintura del hachero minúsculo de pronto picotean su columna arrogante, el hombre vence y cae la columna de aroma, tiembla la tierra, un trueno sordo, un sollozo negro de raíces, y entonces una ola de olores forestales inundó mis sentidos. Fue en mi infancia, fue sobre la húmeda tierra, lejos en las selvas del Sur, en los fragantes, verdes archipiélagos, conmigo fueron naciendo vigas, durmientes espesos como el hierro, tablas delgadas y sonoras. La sierra rechinaba cantando sus amores de acero, aullaba el hilo agudo, el lamento metálico de la sierra cortando el pan del bosque como madre en el parto, y daba a luz en medio de la luz y la selva desgarrando la entraña de la naturaleza, pariendo castillos de madera, viviendas para el hombre, escuelas, ataúdes, mesas y mangos de hacha. Todo allí en el bosque dormía bajo las hojas mojadas cuando un hombre comienza torciendo la cintura y levantando el hacha a picotear la pura solemnidad del árbol y éste cae, trueno y fragancia caen para que nazca de ellos la construcción, la forma, el edificio, de las manos del hombre. Te conozco, te amo, te vi nacer, madera. Por eso si te toco me respondes como un cuerpo querido, me muestras tus ojos y tus fibras, tus nudos, tus lunares, tus vetas como inmóviles ríos. Yo sé lo que ellos cantaron con la voz del viento, escucho la noche respetuosa, el galope del caballo en la selva, te toco y te abres como una rosa seca que sólo para mí resucitara dándome el aroma y el fuego que parecían muertos. Debajo de la pintura sórdida adivino tus poros, ahogada me llamas y te escucho, siento sacudirse los árboles que asombraron mi infancia, veo salir de ti, como un vuelo de océano y palomas, las alas de los libros, el papel de mañana para el hombre, el papel puro para el hombre puro que existirá mañana y que hoy está naciendo con un ruido de sierra, con un desgarramiento de luz, sonido y sangre. Es el aserradero del tiempo, cae la selva oscura, oscuro nace el hombre, caen las hojas negras y nos oprime el trueno, hablan al mismo tiempo la muerte y la vida, como un violín se eleva el canto o el lamento de la sierra en el bosque, y así nace y comienza a recorrer el mundo la madera, hasta ser constructora silenciosa cortada y perforada por el hierro, hasta sufrir y proteger construyendo la vivienda en donde cada día se encontrarán el hombre, la mujer y la vida. Pablo Neruda
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